Diamantes en bruto, que hay que pulir

El Papa Francisco, nos manda a rezar con él por la formación de religiosas, religiosos y seminaristas; y nos recuerda que “cada vocación” es un “diamante en bruto que hay que pulir”.

Lic. Wendy Villalobos

5/31/20242 min leer

Todos tenemos vocación, como miembros de la iglesia católica, en el entendido que participamos de tres sentidos de esa realidad vocacional y que se encuentra relacionada una con las otra.

El primer es el que surge con el bautismo, que se puede establecer como esa vocación común de todos los cristianos que somos llamados a amar y servir a Dios y al prójimo y ayudar a que la iglesia cumpla su misión. El segundo está relacionado a un “estado de vida” o forma de ser cristiano, hace relación a todas aquellas personas que deciden ser sacerdotes, religiosas, unirse en la vida matrimonial, entre otras, estos son escenarios especiales que se aceptan para toda la vida, en la que cada persona vive la vocación bautismal.

Y por último, pero no menos importante la vocación bautismal se hace realidad en la combinación singular de los talentos de cada persona, lo que caracteriza a cada individuo, su relación con su entorno y situaciones que la vida les presenta; lo cual, incluye nuestra vocación común cristiana, que involucra nuestro estado de vida y nos direcciona hacia Dios con el motivo de cumplir con la misión redentora.

Cuando nos referimos a “la vocación” hacemos referencia al segundo sentido referente al estado de vida en la que Dios realiza el llamado a laicos para comprometerse a actuar en su Persona por medio de la celebración de la Santa Eucaristía y los otros sacramentos, es decir, que son llamados a ser sacerdotes o llamados al estado clerical como diáconos permanentes. Y si bien es cierto no todos son llamados a la vida religiosa o sacerdotal, existen hombre y mujeres que son llamadas a la vida consagrada, que llevan una forma de vida que se caracteriza por votos de pobreza como lo son la pobreza, castidad y obediencia reconociendo en cierto sentido la vida religiosa como parte de su ser.

Cristo como autor de nuestra creación y cabeza de nuestra iglesia, sigue hasta nuestro tiempo la misión salvífica, por medio del sacerdocio ministerial que es un compartir privilegiado de su obra. Jesús llamó a sus primeros discípulos al Mar de Galilea (cf. Mc 1,16-20) y luego les dijo: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros” (Jn 15,16).

No debemos olvidar a aquellos hombre y mujeres que han ofrecido su vida por amor a Dios adoptando la vida religiosa como parte de su vida, siendo su estilo de vida por elección propia, caracterizándola por la promesa especial que han hecho y adoptando una vida de pobreza, castidad y obediencia, demostrando su amor al prójimo y al más necesitado como reflejo del reino de Dios.

Toda aquel que consagra su vida a Dios, profesan los consejos del evangelio, compartan lo que poseen y forman parte de la vida apostólica, viviendo en una misión permanente. Es por esa razón que el Papa Francisco pide “oremos para que las religiosas, los religiosos y los seminaristas crezcan en su camino vocacional a través de una formación humana, pastoral, espiritual y comunitaria, que los lleve a ser creíble el evangelio” en su Intensión mensual de oración del Papa Francisco para mayo de 2024.