El trabajo, una bendición de Dios

DERECHOS HUMANOS

Lic. Marvin Gavidia

9/18/20236 min leer

Muchas veces, solemos encontrarnos a personas que viven amargadas, estresadas, ansiosas, deprimidas o sufriendo por diferentes enfermedades, y en muchos de los casos, atribuyen dicho mal a sus trabajos, a las cargas y exigencias que tienen en los mismos, y es tanta su amargura o enojo, que suelen decir que el trabajo “fue un castigo dado por Dios al hombre, a causa del pecado”.

Pero ¿Qué tan cierta será esa frase?

Esta afirmación surge en alusión a lo dicho por Dios a Adán, poco después del pecado; Dios, entre otras cosas dijo: “Maldita será la tierra por tu culpa” (Génesis 3, 17), y “te ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Génesis 3, 19). De ahí que muchos entiendan que el trabajo fue un castigo dado por Dios al hombre, producto del pecado, y que, si no hubiese pecado, los seres humanos no tendríamos que trabajar; esta última aseveración surge de la bella imagen que muchos se crean de Adán y Eva, paseando en el paraíso, teniendo todo al alcance de sus manos, aparentemente con todas sus necesidades cubiertas, al igual que sus apetencias.

Pero esa es una mala interpretación del Libro del Génesis, ya que en el Capítulo 1 éste nos presenta a Dios como autor de los conceptos “TRABAJO, DESCANSO y VIDA”, puesto que durante seis días trabajó arduamente en la CREACIÓN, generando con ello la VIDA en el planeta, tomándose un descanso el séptimo día; demostrándonos con su ejemplo que es necesario trabajar, para crear cosas buenas en pro de la vida, y que es necesario descansar, para restituir nuestras fuerzas, e iniciar una nueva jornada. Además, en el Capítulo 2, específicamente en el versículo 15, encontramos algunas de las atribuciones de Adán en el jardín del Edén, cuando dice “Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara”, por tanto, Dios ya había dispuesto un trabajo al hombre antes de que éste pecara.

Entonces, ¿Qué pasó en el Capítulo 3 del Génesis?

Lo que ocurrió es que, en un inicio, el trabajo fue una actividad placentera para el hombre, siendo una vocación característica del mismo, producto de su herencia divina, proveniente de Dios mismo, además, del hecho de que se encontraba en el jardín del Edén, pero, a raíz del pecado, el trabajo se volvió más difícil y complicado, debido a que el hombre ya no estaría en el jardín del Edén.

Luego del hecho antes mencionado, las cosas se han venido complicando más aún, ya que se han generado circunstancias y conceptos tales como la ESCLAVITUD y la EXPLOTACIÓN LABORAL, que no han contribuido a la imagen misma del trabajo, y es importante indicar que dichos conceptos no provienen de una concepción divina, sino que son el resultado de una mentalidad plenamente humana; pero, no obstante, Dios no ha dejado de estar presente, para que los seres humanos podamos sobrellevar esas circunstancias, requiriendo nada más que el ser humano mantenga un lazo de comunicación y unión con Él; un ejemplo de ello, lo podemos encontrar en el libro del Éxodo, en el cual se enaltece el concepto del DESCANSO, como un mandato divino para disminuir el impacto negativo que la esclavitud generaba en aquellos que se encontraban oprimidos, utilizando al descanso como un requerimiento, para que los esclavos recuperaran sus energías y a la vez mantuvieran una conexión con Dios. Específicamente Éxodo 5, 12-15 y 20, 8-11 insiste en el descanso de los esclavos, como un aspecto teológico de la creación de Yahvé.

Una muestra más, de que el trabajo no es un castigo, sino que una vocación característica del ser humano, la presenta nuestro Señor Jesucristo, quien tuvo que realizar labores manuales, durante sus primeros 30 años, en los que estuvo en el anonimato, y fue conocido como el “hijo del carpintero”, ya que estuvo en Nazareth al norte de Galilea, ciudad romana, tierra de latifundio greco-romano, viviendo como todos los pobres, laborando con sus manos, para enseñarnos que ese también es el lugar de Dios.

El grupo de discípulos de nuestro Señor Jesucristo también estaba compuesto por trabajadores, Él conoció materialmente la dureza del trabajo físico (Mateo 13, 3), que fue su forma habitual de ganarse la vida. Demostrando con ello que en ningún momento debe verse al trabajo como una maldición o un castigo divino, sino más bien, como una oportunidad de estar más cerca de Dios, contribuyendo a la creación buena, y fomentando mediante el trabajo, la vida. Nuestro Señor Jesucristo comparó el Reino de los Cielos con los trabajadores enviados a la viña (Mateo 20, 1-16), dignificó el trabajo y al trabajador y recuerda que el trabajo no es un mero apéndice de la vida, sino que constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra (DA 120).

En tal sentido, es importante hacer notar que “El trabajo es un derecho y un deber”, “el hombre debe trabajar, ya sea porque el Creador se lo ha ordenado, ya sea porque debe responder a las exigencias de mantenimiento y desarrollo de su misma humanidad” (DCSI 274); y es siguiendo esa línea que el pensamiento social de la Iglesia va orientado en una doble corriente: En primer lugar, la defensa y promoción de la DIGNIDAD DEL TRABAJO y de los TRABAJADORES, que se inició con la Encíclica RERUM NOVARUM del Papa León XIII (1891). Y en segundo lugar, la promoción del DESARROLLO HUMANO INTEGRAL, que tuvo su inicio formal con la Encíclica POPULORUM PROGRESSIO del Papa Pablo VI (1967). Desde dicha perspectiva se concibe al trabajo como “un derecho fundamental y un bien para el hombre; un bien útil y digno de él, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana”.

En su Encíclica LABOREM EXERCENS, San Juan Pablo II indicó, que a través del trabajo el ser humano se hace co-creador, colaborando con Dios en la construcción del mundo y de la sociedad; el trabajo es, pues, expresión concreta del hombre y la mujer, y es clara manifestación de su esencia y de su dignidad.

Por tanto, debemos dejar de lado la creencia de que el trabajo es un CASTIGO DIVINO, y tomar conciencia de que es una vocación universal propia del ser humano, y que debemos procurar que el mismo sirva para dignificar nuestra humanidad, y proveernos un desarrollo digno. Es importante mantener en nuestra mente la relación que existe entre los conceptos TRABAJO, DESCANSO y VIDA, porque de esa manera comprenderemos la esencia de nuestro esfuerzo, y desarrollaremos nuestras actividades de la mejor manera. Es importante también, desechar aquellos aspectos negativos que afectan nuestras vidas, incluso, el convertirse en esclavos del trabajo; aspectos como la envidia, la competitividad desmedida, el creerse indispensable o el considerar que no se puede encontrar algo mejor, es decir, debemos cortar aquellas cadenas que nos atan a una situación que en lugar de proveer vida nos arrastran a la muerte.

Una buena medida, para lograr lo antes dicho es poner a nuestro Señor Jesucristo como centro de nuestras vidas, y como lo dijo el Papa Benedicto XVI “proclamar el EVANGELIO DEL TRABAJO, vivir como cristianos en el mundo del trabajo y ser apóstoles entre los trabajadores”. Para cumplir lo anterior, es necesario permanecer unidos a Cristo con la oración y una intensa vida sacramental, valorando para ello de modo especial el domingo, que es el día dedicado al Señor. Logrando lo anterior, te darás cuenta de que el trabajo es una Bendición de Dios.

Según Isaías 62, 21-23, los trabajadores disfrutarán de su trabajo, vivirán en las casas que construyen, comerán de las viñas que plantaron, tendrán vida, no se fatigarán en vano y habrá paz. Y el Salmo 127 dice: Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. En conclusión, el sentido del trabajo visto de esta manera tiene que estar en la línea del bienestar, del servicio a la vida, y, de una constante comunicación con Dios, para poder percibirlo como una Bendición que el ser humano ha recibido de su Padre Celestial.